Colaborador: Nayeli Ramos

Las selvas tropicales del sureste mexicano junto con las de Guatemala, Belice, Honduras y Nicaragua, conforman El Gran Petén, la segunda jungla tropical más grande en América después del Amazonas. Gracias a las prácticas sustentables en el cultivo y explotación del árbol del chicle, los productores han contribuido a la conservación de la selva mexicana en la península de Yucatán.

Cuando las comunidades son conscientes de la importancia del entorno como fuente de riqueza y logran hacer un manejo sustentable de las actividades económicas, no sólo llegan a convivir armoniosamente con la naturaleza, sino que son las primeras en salvaguardar sus recursos.   Tal es el caso de los habitantes de estas selvas que producen chicle, quienes por más de un siglo han vivido de la extracción de látex del árbol de chicozapote, lo cual los ha llevado a hoy en día estar organizados y representando a un eficiente consorcio de 52 cooperativas para la preparación de la goma de mascar.

El chicle se derrite junto con ceras naturales antes de convertirse en la goma base, la cual se adquiere hirviendo, estirando manualmente y texturizando la pasta adquirida del árbol de chicozapote; aún caliente, se endulza con productos orgánicos como el jarabe de agave, muy sano por su bajo índice glicémico, y se le añaden sabores naturales, luego se compacta y moldea en tiras de goma de mascar. Así de simple: sólo ingredientes y procesos naturales, para dar como resultado un producto excepcional en el tan artificial mundo de las gomas de mascar. La mayoría de las marcas  más comercial sólo utilizan el 4% de goma base y lo demás de polímeros hechos a partir de petróleo, que no son otra cosa que plásticos.

La creciente demanda de productos orgánicos en el mundo se presentó como una oportunidad que la cooperativa aprovechó para darle valor a la materia prima que durante un siglo había vendido sin tratar. Fue así como se creó Chicza, fruto del espíritu emprendedor, solidario y perseverante de los miembros de la cooperativa, la cual se propuso una goma de mascar 100% natural, biodegradable y certificada orgánica, convirtiéndose así en el primer chicle orgánico nunca antes fabricado y totalmente mexicano.

Una de las grandes ventajas de la composición de Chicza es la facilidad con la que se biodegrada. Una vez desechado, sus componentes completamente naturales se convertirán en polvo en cuestión de semanas, e incluso pueden mejorar le textura de una composta. Por ahora hay cuatro sabores disponibles: menta, limón, hierbabuena y canela. Pronto aparecerá una gama de gustos innovadores a base de frutas tropicales, hierbas y especias.

Con todo esto podemos deducir que cada vez que alguien prueba un chicle orgánico, lleva a su boca una sutil fibra de la selva tropical, aportando un granito de arena en la agricultura sustentable.